El viaje en la era de la reproductibilidad técnica. Discursos etno-geográficos en los primeros travelogues argentinos
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I know that through travel I have possessed the world more completely, more satisfyingly than if I had acquired the whole earth by purchase or by conquest. […] One great advantage of possessing the world through travel is that one may enjoy all the satisfaction of possession without the responsibilities of ownership.
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Introducción En su célebre novela La máquina del tiempo, H. G. Welles cuenta la historia de un científico que, desafiando el escepticismo de sus contemporáneos, crea una máquina capaz de transportarlo cientos de miles de años en el futuro. Sin embargo, cuando luego de infinitas y peligrosas aventuras, el científico logra volver a su época, nadie da crédito a su fantástica historia. El relato concluye cuando el intrépido viajero decide regresar al futuro, esta vez en posesión de una cámara fotográfica que le permita obtener pruebas tangibles de su increíble viaje. El hecho de que la novela de Welles haya sido publicada en 1895, el mismo año del nacimiento del cine parece ser más que una simple coincidencia histórica pues desde la aparición de la fotografía a mediados del siglo XIX, el viaje y las novedosas técnicas de reproducción mecánica se han visto intrínsecamente unidos. Como sostiene Susan Sontag hoy “parece francamente antinatural viajar por placer sin llevar una cámara” (1980: 19). En efecto, la fotografía y más tarde el cine se instalaron tempranamente en el imaginario social como un irrefutable signo de evidencia del viaje. Nacidos conjuntamente con la mayoría de las formas de transporte de la era industrial (tren, barco a vapor, automóvil o avión), ambos medios encontraron una temprana veta comercial como dispositivos virtuales para explorar el mundo. Combinando en dosis variables educación y entretenimiento, tanto la fotografía en sus géneros y técnicas más ligados al espectáculo (estereografía, vistas de linterna mágica, panoramas, álbumes de vistas y costumbres, etc.), como el naciente cinematógrafo transmitían al espectador común la experiencia perceptiva del viaje sin ninguno de sus costos e inconvenientes. Sin embargo, surgidos en el seno del imperialismo decimonónico europeo, estos medios tuvieron antes un rol aún más fundamental como instrumentos de apropiación de los espacios explorados. En su libro La conquista de América, Tzvetan Todorov analiza el papel del lenguaje en el proceso de colonización americana, focalizándose en la obsesión de Colón por rebautizar los territorios descubiertos con nombres que él considera más justos y apropiados. El autor vincula esos actos de nominación llevados a cabo por los conquistadores en tierra americana, con actos de posesión2. Marta Penhos ha trasladado esa idea al campo de los documentos visuales y propone hablar de actos de representación. Tanto el nombrar como el representar son acciones concretas vinculadas con la necesidad de apropiarse de esos espacios y sujetos “otros”. Según la autora, los diarios de viaje, los informes y los mapas, pero más aún las imágenes que expedicionarios, viajeros y exploradores produjeron o encargaron en territorio americano “contribuyeron decisivamente al conocimiento, comprensión y dominio –material y simbólico- del territorio […] y de algunos de sus habitantes, al constituir al primero como una serie de paisajes y a los segundos como tipos humanos exóticos o curiosos, en escenas de costumbre o dentro de registros etnográficos” (Penhos, 2007: 6). |
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Gaston Carreño sostiene que: Frente al encuentro con el Nuevo Mundo los europeos tenían dos caminos: reconocer la inutilidad de su saber […] o mantener su concepción del mundo y tratar de adaptar a ésta la realidad encontrada. Claramente se opta por lo segundo, y se da coherencia a esta realidad americana gracias a elementos culturales que provienen de Europa. De esta manera, se comienza a representar el nuevo continente desde referentes propios, negando parte de lo existente y dando origen a una América imaginaria (2008: 128). |
Es así que otro de los discursos desarrollados por el travelogue fue el de la exotización o romantización del paisaje y sus habitantes. Tanto la fotografía primero como luego el cine construyeron imágenes del continente americano que se ajustaban a esa percepción imaginaria europea sobre nuestro territorio. Así el paisaje fue representado ya sea desde la idea de inmensidad o desmesura o bien como un espacio recóndito, a la vez inaccesible y peligroso. Los habitantes de esas tierras, por su parte, fueron representados mediante imágenes muchas veces estereotipadas que contribuyeron a perpetuar las expectativas y proyecciones mentales del europeo sobre esos “otros” al otro lado del Atlántico. The cataracts of Iguassu (Burton Holmes, ca. 1911) Alexandra Schneider sostiene que a partir de la consolidación del género hacia 1906, puede hablarse de dos tipos principales de travelogue: aquellos que se focalizan en el paisaje y aquellos que se focalizan en los seres humanos y aunque es difícil encontrar ejemplos de estas dos formas en estado puro, hay films en los que una se impone más claramente sobre la otra. Este es el caso de uno de los primeros travelogues realizados en el país, nada menos que por un pionero indiscutible del género: el célebre explorador, escritor, fotógrafo, cineasta y conferencista norteamericano Burton Holmes. El ilustre viajero, que visitó Sudamérica hacia 19117, describió en el volumen XVIII de su serie de libros de viaje Burton Holmes Travelogues, sus primeras impresiones sobre estas tierras de la siguiente manera: |
Un viaje a Sudamérica es en cierto sentido un viaje de descubrimiento – por lo menos para un norteamericano. Vamos a Europa o a Oriente para ver aquello que esperamos ver. […] Sudamérica, por el contrario, nos ofrece la emoción de lo inesperado que nos hace experimentar una sensación de descubrimiento. Todo norteamericano que desembarca en Buenos Aires se siente como un moderno Cristóbal Colón. (Holmes, 1917: 115-116). |
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A pesar de que Buenos Aires era difícilmente para ese entonces una ciudad desconocida o inexplorada, esta idea de descubrimiento y conquista del espacio rige prácticamente todo el relato de Holmes y se acrecienta cuando éste abandona el espacio urbano y se adentra en la naturaleza “salvaje” de la selva misionera. Es interesante analizar como Holmes desarrolla esta idea en uno de los pocos films que se conservan de este viaje: The cataracts of Iguazú .Aunque hacia principios de siglo las cataratas misioneras ya habían sido ampliamente documentadas por fotógrafos e incluso por cineastas locales8 y no eran un destino turístico desconocido para la aristocracia local, Holmes dota a su relato de un tono epopéyico y muestra como los esfuerzos de su grupo por llegar a la meta son finalmente recompensados con el “descubrimiento” de esta maravilla de la naturaleza virgen. Teniendo en cuenta que estos films eran sólo una parte9 de las extensas conferencias dictadas por Holmes y que hoy es imposible reconstruir completamente dichos espectáculos, es interesante complementar las elocuentes imágenes de este travelogue con la descripción que el explorador hace de aquella excursión en su libro: |
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| Las cataratas del Iguazú están lejos de los refugios y caminos del hombre moderno. Las fotografías que ilustran estas páginas y los films que revelaron al Niágara Sudamericano en mi pantalla, implicaron veintisiete días de viaje extenuante y trabajo duro. Nunca un destino se nos apareció tan elusivo – cuatro viajeros ingleses y dos americanos determinados a ‘descubrir’ las cataratas, pero incapaces de obtener ninguna información definitiva sobre las mismas en Buenos Aires. Algunas personas nos dijeron que podíamos realizar el viaje fácilmente en catorce días; otras afirmaron que dos o tres meses sería el tiempo requerido. Algunos dijeron que los mosquitos nos comerían vivos y que el calor del trópico probaría ser mortal; otros sostenían que con toda seguridad moriríamos de frío. (Holmes, 1917: 299-300) |
| En este breve film de Holmes se insinúan algunas de las principales temáticas que regirán al género del travelogue en nuestro país: la idea del viaje como epopeya de descubrimiento o conquista, el choque entre civilización y barbarie, los medios de transporte y la cámara como símbolos del imparable avance de la modernidad sobre la naturaleza hostil. Terre Magellaniche (Alberto María De Agostini, 1915-1930) El travelogue no tuvo siempre como motivación excluyente al espectáculo sino que, como adelantamos, apoyó explícitamente las ambiciones imperialistas de las naciones europeas y en ocasiones también los proyectos evangelizadores de diversos grupos misionales, entremezclando la curiosidad turística con los intereses coloniales. Para los misioneros, las fotografías y documentos fílmicos obedecían a una necesidad concreta de mostrar pruebas tangibles de los éxitos conseguidos en el proyecto evangelizador. Cada foto de un “indio civilizado”, cada alma “robada” por la cámara10 transmitía la idea de un alma ganada por ellos para Dios. Los salesianos fueron los primeros misioneros en iniciar, a partir de la década de 1890, una documentación fotográfica sistemática de su labor evangelizadora en la Patagonia11. Sin embargo, fue el cine el que tuvo un objetivo verdaderamente estratégico en el proyecto evangelizador de Don Bosco. El interés de los salesianos por el nuevo arte surgió, sobre todo, a partir de la década de 1920, gracias a la labor del sacerdote Domenico Molfino. Él fue quien persuadió a sus superiores de la importancia del medio como instrumento de difusión del mensaje religioso de la congregación y, sobre todo, de su trabajo misional fuera de Europa y creó la oficina cinematográfica de las Misiones de Don Bosco (Film Missioni Don Bosco) para realizar una serie de cortos y medios metrajes a filmarse en todas partes del mundo, donde quiera que las misiones salesianas pudieran ofrecer la logística y el punto de apoyo para realizar la difícil tarea. Para 1928, esta oficina contaba con un catálogo de veintidós títulos y un total de 20.890 metros de film en exhibición.12 |
El sacerdote Alberto María De Agostini, tuvo un rol preponderante en el registro, tanto fotográfico como fílmico, de la labor misionera salesiana en la Patagonia. Experto alpinista, fotógrafo y cineasta, llegó a Punta Arenas en 1910, cuando el destino de los indígenas fueguinos ya se encontraba trágicamente sellado. La invasión de las tierras patagónicas por aventureros y estancieros en busca de riquezas y la consiguiente introducción de la cría de ganado habían terminado por desplazar a los indígenas de su tierra natal, transformando radicalmente su modo de vida y sumiéndolos en la miseria más absoluta. Los salesianos se encontraron, así, frente a un mundo que cambiaba radicalmente, colmado de atroces conflictos pero también de infinitas posibilidades. Desde un principio, el joven sacerdote se convirtió en un ferviente defensor de la causa indígena, denunciando regularmente en sus escritos y sus imágenes la precaria situación de esas tribus y las continuas persecuciones de las que eran objeto. Sin embargo, al igual que la de la mayoría de los extranjeros que se aventuraban en estas tierras, la suya era una visión paternalista y eurocéntrica, que subestimaba la capacidad de autonomía del indio y le adjudicaba un rol pasivo, dando al hombre blanco y culto la responsabilidad de luchar por su reivindicación. En Turín, cuna de la congregación salesiana, dominaba por aquella época la nueva ciencia de la antropología criminal y Eugenia Scarzanella sostiene que: |
| Lombroso y Don Bosco, aún sin encontrarse jamás, habían buscado en los mismos bajos fondos de la ciudad una humanidad peligrosa y despreciada. El santo quería ocuparse de quien tanto por su cuerpo como por su comportamiento se apartaba de la norma. El científico quería llevárselo al laboratorio para convertirlo en objeto de estudio. Lombroso había establecido una ecuación precisa entre criminal nato y salvaje. Los rasgos físicos y psicológicos los hacían semejantes. (2003: 148) |
| Al igual que las teorías lombrosianas o la frenología lo habían hecho con los criminales, muchos científicos comenzaron a estudiar a los pueblos indígenas latinoamericanos desde el concepto de degeneración o anomalía. En efecto, ya desde el siglo XVI, cuando los primeros europeos tomaron contacto con los milenarios pueblos que habitaban nuestras tierras, se asoció a los indígenas con animales, híbridos y monstruos. La misma palabra Patagonia, que designa a la región austral de nuestro país, provenía de la creencia de los primeros exploradores de que la región estaba habitada por gigantes. La idea del indio salvaje asociado a la animalidad o al salvajismo no desapareció nunca de los prejuicios del occidental blanco y aunque los misioneros salesianos bregaban por el reconocimiento de la humanidad del indígena, también estaban profundamente influenciados por esta ideología. En sus escritos y documentos visuales, De Agostini se refiere con frecuencia a los indígenas con términos como salvaje, miserable o ignorante. También sostiene que poseían un “escaso nivel moral” (2005: 318), una “vaga noción del bien y del mal” (2005: 345) y que “sus facultades intelectuales eran poco desarrolladas” (2005: 322). Desde el punto de vista de los salesianos, el único modo de convertir al “infiel” en un ser social, pacífico y útil era a través de la educación en la fe católica y la forma de vida occidental, en suma, el indio sólo se transformaba a sus ojos en un ser humano completo a costa de la absoluta destrucción de su cultura. |
| En febrero de 1910, siendo huésped de una numerosa tribu acampada junto a las orillas del lago Fagnano, pude inducir al brujo a que repitiera el exorcismo que solía hacer contra la luna. Mientras en el corazón de la noche hacía el brujo sus solemnes gesticulaciones y lanzaba poderosos bufidos contra el cielo, impresionaba yo la luz de magnesio, y sin que lo notaran los indios, una fotografía. El efecto que produjo en aquella pacífica asamblea el poderoso relámpago del magnesio, fue aterrador. Se siguió una desbandada general acompañada de alaridos y gritos, y el brujo, que indudablemente me tomó por un ser superior dotado de algún poder maléfico, corrió hacia mí, lanzando todos aquellos conjuros e imprecaciones que debía hacer contra la luna. (2005: 349) (Fig.2) |
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| Si en un principio, el indígena había temido a la cámara o se había mostrado reticente a ser fotografiado, para la época en que el sacerdote realizó sus primeras filmaciones, éste ya posaba con naturalidad y se plegaba sin resistencia a las indicaciones impartidas por el operador. De hecho, la mayoría de las escenas del film que retratan la vida y costumbres de los aborígenes (sus diferentes tipos de vivienda y transporte, la práctica con el arco y la flecha, el maquillaje corporal o la fabricación de cestas y artesanías) ya habían sido registradas previamente por el sacerdote en soporte fotográfico. De Agostini repitió, incluso, un episodio muy similar al relatado en su libro e hizo “reactuar” al cacique ona Pa-Chek, con el que había entablado amistad, una ceremonia de sanación frente a su cámara. Más que documentar la identidad del indígena, esta repetición de temas y poses contribuía a crear una economía visual en la construcción de la tipicidad étnica. A través de esa uniformidad de gestos, costumbres y comportamientos culturales, la fotografía y el cine fijaban empíricamente una imagen del indio construida a través de los códigos hegemónicos del hombre blanco. |
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Treinta años en Tierra del Fuego es una suerte de diario de viaje en el que De Agostini relata las experiencias vividas durante sus exploraciones en territorio fueguino. De los catorce capítulos comprendidos en este libro, solamente el último está dedicado al estudio de los indígenas de la zona. El sacerdote da inicio a ese capítulo con la siguiente aclaración: |
| Dejaría incompleto el grandioso panorama de Tierra del Fuego si no presentara e hiciera resaltar al ser humano que durante muchos siglos fue señor absoluto en ella y cuya vida sencilla y primitiva armonizaba admirablemente con la salvaje virginidad de la naturaleza, mientras encarnaba –en la diversidad de las razas y de su misma estructura física- los diferentes y opuestos aspectos del archipiélago fueguino. (2005: 303) |
| Terre Magellaniche tiene, al igual que el libro de De Agostini, la forma de un relato de viaje. Una serie de mapas animados inician las diferentes escenas y marcan el recorrido seguido por el misionero en su travesía patagónica. La cámara se detiene para mostrar diversos aspectos de la geografía magallánica: las ciudades más desarrolladas, las actividades comerciales de la región, los glaciares y montañas, la flora y fauna autóctonas. De las casi dos horas que dura el film, sólo se dedican veinte minutos a la temática indígena. Se pone así en evidencia que el indio es para De Agostini un elemento más del paisaje fueguino, un dato exótico o típico sin el cual “dejaría incompleto el grandioso panorama” de la zona. A nivel del relato, las escenas sobre la vida aborigen tienen el mismo peso que las que describen la topografía de los glaciares, las actividades de una estancia ovina o el comportamiento de los pingüinos australes. Son todas anécdotas de ese mismo viaje exploratorio. Un viaje al Río Bermejo (Max Glücksmann, ca. 1915) La animalización del indígena fue asimismo sumamente funcional al discurso civilizador que, desde las últimas décadas del siglo XIX, delineó el accionar político de los sucesivos gobiernos argentinos. La representación bestializada del nativo se ve entonces radicalizada en aquellos proyectos cinematográficos que fueron financiados o tuvieron algún tipo de apoyo monetario o logístico del gobierno nacional. Este es el caso de Un viaje al Río Bermejo, un breve travelogue realizado por la compañía cinematográfica de Max Glücksmann hacia 1915, muy probablemente por encargo del Ministerio de Obras Públicas de la Nación (MOP).17 El film documenta el trayecto de uno de los vapores del MOP desde el puerto de Buenos Aires, pasando por el Río Paraná hasta terminar en la desembocadura del Río Bermejo. La navegación de este último río había sido una preocupación constante del gobierno nacional que, desde mediados del siglo XIX, había buscado establecer servicios regulares de vapores con el propósito de obtener una vía fluvial confiable para el transporte de pasajeros y cargas e incorporar a la explotación agrícolo-ganadera enormes extensiones de tierras, aún inexploradas.
Vuelo en imágenes hacia mundos desconocidos (Gunther Plüschow, 1928) Como mencionamos, el culto a la máquina fue un tópico recurrente en los travelogues de principios del siglo XX y sirvió para reforzar las polaridades entre civilización y barbarie latentes en estos films. En 1927, el periodista, documentalista, navegante y pionero de la aviación Gunther Plüschow se hizo a la mar en una pequeña goleta desde el puerto de Büsum, en Alemania, con destino a Sudamérica, con la idea de realizar un libro y una película que documentara los paisajes y la vida en el extremo austral del continente. En otro buque enviaba simultáneamente las partes de un hidroavión Heinkel HD24, con el propósito de ensamblarlo en Punta Arenas y realizar desde allí las primeras imágenes aéreas de la región. Para convencer a la editorial Ullstein de que financiara su arriesgada aventura, Plüschow concurrió a una reunión de directorio con papeles y mapas de la Patagonia que ostentaban la palabra “inexplorado”18. Como en el caso de Burton Holmes, la promesa de descubrimiento de tierras desconocidas para el europeo medio fue suficiente para que la casa editora le proporcionara un generoso adelanto. La filmación propiamente dicha estaría a cargo de Kurt Neubert, apodado “Garibaldi” -un fotógrafo y operador cinematográfico, que luego alcanzaría cierta notoriedad como cameraman de Olimpia, el film de Leni Riefenstahl que documenta los Juegos Olímpicos de Berlín de 1936. Plüschow, por su parte, se encargaría de la preparación de las conferencias que acompañarían la exhibición del film en Alemania y, con la colaboración del director Victor Mendel, se ocuparía del montaje de los más de 50.000 metros de película obtenidos durante la travesía. El film, rodado entre 1927 y 1929 apoyaba ya desde su mismo título - Im Bilderflug zu unbekannten Welten (Vuelo en imágenes hacia mundos desconocidos)19- la idea del viaje exploratorio y de descubrimiento con la que Plüschow había persuadido a sus inversores. Esta idea estaba reforzada por el absoluto protagonismo que adquieren en él los medios de transporte, que llegan incluso a ostentar nombres propios como sí se tratara de uno más de los personajes del film. La goleta Feuerland y sobre todo el Silverkondor, el avión con el que Plüschow sobrevuela la Patagonia, son las estrellas de la cinta, aunque como sostiene Jeffrey Ruoff a propósito de By aeroplane to Pygmyland (Matthew W. Stirling, 1927) - film con el que este travelogue tiene más de un punto en común-, la verdadera estrella es siempre la película misma “que funciona como un trofeo que documenta la anunciada partida, el coqueteo con el peligro, el triunfo final y el regreso exitoso de los héroes” (2006: 9). |
| Garibaldi permanece tieso como un roble; su mano va dando vuelta a la manivela del aparato, que susurra discretamente. Por fortuna, aquellos diablos desnudos no saben lo que les está haciendo; no saben que muy pronto aparecerán sobre el luminoso lienzo blanco y que sus costumbres y sus tipos y sus gestos feroces serán cómodamente observados por millones de espectadores de todos los países; no saben que, gracias a aquella caja negra montada sobre un trípode, cuya manivela rueda sin cesar, quedarán archivados eternamente, como un importantísimo documento de cultura, hasta mucho después de su muerte, cuando ya el último de los botocudos habrá desaparecido de la tierra, y que sus asesinatos, sus hechos sangrientos habrán pasado a la categoría de relatos lejanos, como las historias de los indios bravos de la América del Norte. (Plüschow, 2008: 113) |
| Este relato construye la idea de un “otro” como sujeto de mirada europea e instala un discurso que autores como Alison Griffiths han denominado “etnografía de salvamento” 20, en el que se sugiere la idea de que el cine, y las técnicas de reproducción mecánica en general, no sólo están contribuyendo al conocimiento de estas culturas y sus costumbres en el mundo civilizado, sino que las están salvaguardando para la posteridad, antes de que desaparezcan para siempre. “See them now or never”, dice uno de los populares slogans de Lyman H. Howe, otro de los pioneros indiscutibles del género. |
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El viaje de la Feuerland continúa hacia Tierra del Fuego, ingresando primero por el lado chileno y desplazándose entre canales y fiordos hasta Ushuaia y el Cabo de Hornos. En estas imágenes el paisaje se convierte en personaje absoluto. Por un lado, Plüschow recupera un fenómeno también propio de la fotografía y la postal que Carlos Masotta ha denominado “encantamiento del territorio argentino” (2007b), caracterizado por el descubrimiento, la escenificación pictórica y el diseño unificados del paisaje nacional. El paisaje aparece entonces como una vista de la naturaleza en tanto conjunto armónico, un territorio transformado en fuente y expresión de gozo. Por el otro lado, en cambio, el film juega permanentemente con la idea de peligro y aventura y, por lo tanto, la naturaleza es mostrada simultáneamente como un elemento amenazante y hostil que acecha permanentemente la vida de los protagonistas. Esto se vuelve aún más evidente cuando la goleta a vela es reemplazada por el avión como elemento de exploración. Aquí la naturaleza y la máquina inician un duelo en el que esta última, luego de sortear obstáculos y peligros diversos, emergerá siempre como la incuestionable vencedora23. “El corazón de la Tierra fue conquistado”, dice el film en uno de sus intertítulos, a la vez que Plüschow muestra desde el aire imágenes “que ningún ojo humano había visto hasta entonces”. |
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| Expedición Argentina Stoessel (Adán y Andrés Stoessel, 1928-30) Esta celebración de la máquina vuelve a repetirse muy fuertemente en otro travelogue de la época titulado Expedición Argentina Stoessel. El film relata la proeza automovilística de dos hermanos argentinos, Adán y Andrés Stoessel que, entre 1928 y 1930, recorrieron más de 32.000 kilómetros en un Chevrolet modelo 28, uniendo la ciudad de Buenos Aires con la de Nueva York. En dos años y quince días, los intrépidos aventureros se propusieron trazar el rumbo de una ruta Panamericana, entonces inexistente, y con la ayuda de dos mecánicos que los acompañaron durante todo el trayecto, pasaron por la mayoría de los países latinoamericanos sorteando todo tipo de dificultades y obstáculos propios del intricado terreno. Andrés Stoessel fue simultáneamente jefe de ruta y camarógrafo de la expedición. Con una cámara importada y decenas de rollos de peligroso nitrato inflamable que viajaban a bordo del auto, el explorador fue registrando las múltiples peripecias y aventuras del grupo expedicionario a lo largo de los diferentes puntos de su ruta. Los negativos eran enviados periódicamente por correo a Buenos Aires, para ser revelados en el prestigioso laboratorio de Federico Valle, que también sería luego responsable del montaje final del film. |
| Bien quisiéramos, sin embargo, que la nuestra fuese la primera y la última de las empresas de este género que debió luchar con tantos y tan sucesivos obstáculos, ya que la desaparición de todos ellos, en un porvenir que deseamos cada vez más cercano, servirá para unir a todos los pueblos del continente, acercándonos todavía más por virtud del mutuo conocimiento. Nuestro viaje, en efecto, -y acaso pueda ser ésta una de sus más útiles lecciones- nos ha servido para comprobar que nuestros pueblos viven en un completo aislamiento, ignorándose mutuamente hasta el punto de que las más groseras leyendas y las más extravagantes especies se propagan y perpetúan hasta en los núcleos cultos e ilustrados. (1930: 11-12) |
| Sin embargo, a pesar del discurso de unión y hermandad de los pueblos americanos sostenido por los Stoessel, no es casual que en el film se hayan elegido como puntos de partida y de llegada de la travesía a las ciudades de Buenos Aires y Nueva York respectivamente. En realidad, el viaje se había iniciado en Arroyo Corto, una pequeña localidad a 500 km de la capital porteña de la que los hermanos eran oriundos. El elegir a Buenos Aires como lugar de inicio oficial de su largo periplo les permite a los Stoessel establecer un deliberado paralelismo entre esta gran ciudad argentina y la metrópolis por excelencia que es Nueva York. Las imágenes con las que ambas ciudades son presentadas en el film son casi idénticas: una serie de planos en picado que muestran el intenso tráfico de sus arterias principales, los altos edificios de sus centros cívicos y comerciales y la asombrosa cantidad de automóviles que, aún en esa temprana época, circulaban por las principales avenidas. La clara relación que el film establece entre estas dos metrópolis se vuelve aún más explícita cuando la cámara de los Stoessel se interna tanto en las principales ciudades del interior argentino como en las de Bolivia, Perú, Colombia, Venezuela y Panamá - la mayoría de las cuales conservaban todavía un estilo colonial- y sobre todo cuando penetra en las zonas más alejadas a las mismas, donde predominaba aún un estilo de vida rural y en ciertos casos todavía “primitivo”. En estos espacios el automóvil, que tan cómodamente vemos recorrer las calles de Buenos Aires o Nueva York, debe establecer una lucha “cuerpo a cuerpo” con la naturaleza hostil que se obstina constantemente en impedir su avance a través de ríos torrentosos, peligrosos despeñaderos y caminos escarpados. Como el avión de Plüschow, el Chevrolet de los Stoessel va superando cada uno de estos obstáculos demostrando que, aún sin carreteras, la máquina es siempre la indiscutible vencedora. Pero quizás, la secuencia del film que mejor representa este duelo entre civilización y barbarie tenga lugar cuando los expedicionarios visitan una aldea indígena en la península de Goajira, al norte de Colombia, causando con su extraño automóvil el asombro y estupor de los “salvajes”. Los intertítulos informan: “Como ante un extraño dios se congregan los nativos en torno a nuestro coche. Les apasionan los cigarrillos y las fotografías, del mismo modo que a sus antepasados, las cuentas de vidrio de los conquistadores”. A continuación se muestran una serie de imágenes de los indígenas semidesnudos manipulando torpemente una cámara fotográfica o posando dócilmente junto al automóvil. Este tipo de escenificaciones, donde el nativo aparece retratado junto a objetos y artefactos del “mundo occidental” en actitudes de sorpresa y asombro, tenía ya una arraigada tradición en el campo de la fotografía, donde es común encontrar imágenes de indígenas junto a automóviles, instrumentos musicales, largavistas o cámaras fotográficas . El cine no hizo más que apropiarse de este legado visual y lo explotó con fines similares. Ya en Nanook, el esquimal (Robert Flaherty, 1922) puede observarse una escena de este tipo cuando el comerciante le muestra al nativo el funcionamiento de un gramófono y éste, desconcertado, termina mordiendo el disco sin llegar a comprender de donde proviene su sonido. Al igual que sucedía con las escenificaciones destinadas a construir una tipicidad étnica que respondiera a las expectativas del espectador occidental, estas imágenes no buscan constituirse en un registro fiel del nativo, sino que pretenden poner en evidencia las concepciones que el blanco tiene sobre ese “otro” y sobre su reacción frente al automatismo de la máquina. Según Margarita Alvarado, se articula así “un modelo infantil e ingenuo del ‘buen salvaje’ enfrentado como primitivo a un logro tecnológico del progreso del blanco. La dicotomía fundamental que se manifiesta aquí más que expresar una relación entre barbarie y civilización, materializa visualmente una oposición entre el automatismo representado por la máquina y la magia encarnada en el nativo que la observa” (Alvarado Pérez, 2007: 40). |
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Como en la novela de H. G. Welles, al observar las imágenes de la mayoría de estos filmsrealizados en suelo latinoamericano, es posible pensar al travelogue como una especie de maquina del tiempo. La cámara de esos exploradores y viajeros trasladaba a los espectadores de la época a una suerte de viaje al pasado, en el que todavía podían verse salvajes tribus indígenas, maravillas de la naturaleza virgen y costumbres exóticas sin tener que alejarse de la seguridad y las comodidades propias de la vida urbana. Sin embargo, tanto la fotografía como el cine cumplieron un rol fundamental en el proceso de documentación etno-geográfico que, en última instancia, contribuyó a la transformación y, en algunos casos, incluso a la desaparición de ese mundo primitivo en acelerada agonía que se intentaba preservar visualmente. Por un lado, todos estos films llevaban implícito un claro discurso civilizador y modernizador que resultó ser sumamente operativo a los objetivos sociopolíticos de la elite gobernante latinoamericana. Por el otro, y aún sin proponérselo en forma explícita, este género contribuyó simultáneamente al proyecto de construcción de la nacionalidad argentina que, frente al impacto del fenómeno inmigratorio, proponía la recuperación de la tradición como vía para consolidar una identidad nacional que permitiera homogeneizar al naciente y dispar conglomerado criollo-inmigratorio. De esta manera, el travelogue anuncia y revela algunas de las contradicciones que van a caracterizar al cine argentino durante gran parte de su período silente, donde por un lado se romantiza el pasado fundacional y el mundo rural como símbolos de la identidad nacional, y por el otro se exalta y difunde el progreso modernizador y urbano que estaba causando su agonía. |
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Bibliografía Alvarado Pérez, Margarita (2007), “El otro y el automatismo bajo la fascinación de la máquina” en Memoria del 9º Congreso de Historia de la Fotografía, Buenos Aires, Sociedad Iberoamericana de Historia de la Fotografía, pp. 37-41.
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------- 1Se que a través del viaje he poseído el mundo de más completamente, más satisfactoriamente que si lo hubiera comprado o conquistado (…) Una gran ventaja de poseer el mundo a través del viaje es que uno puede disfrutar toda la satisfacción de la posesión sin las desventajas de la propiedad. Citado en (Caldwell, 2006). 2 Véase (Todorov, 1987: 35). 3 Véase a este respecto (Musser, Charles, 1990); (Barber, 1993) o (Musser/ Nelson, 1991). 4 “Deben fomentarse las películas naturales de todos los países” en La Película, Año XII, N°621 16 de agosto de1928, p. 29. 5 Citado por (Ruoff, 2006: 1). 6 Para un análisis más exhaustivo sobre la relación entre fotografía y teratología en América Latina véase (Cuarterolo, 2009) 7 Según el catálogo del Human Studies Film Archive de la Smithsonian Institution, que reúne las conferencias y shows realizados por la Burton Holmes Company, las primeras conferencias sobre Sudamérica se realizaron en 1912 por lo que es de suponerse que Holmes visito la Argentina hacia 1911. Véase http://www.burtonholmes.org 8 En 1883, el fotógrafo argentino Samuel Boote registró las cataratas durante la “Expedición Argentina Al Y-Guazú” liderada por el ingeniero hidrógrafo norteamericano Hunter Davidson y en 1892, el fotógrafo E. C. Moody hizo lo propio como miembro de la “Excursión Científica-Recolectora por los ríos Uruguay, Alto Paraná e Iguazú” que tenía como jefe al conocido botánico Gustavo Niederlein. En septiembre de 1900, la revista Caras y Caretas llegó incluso a publicar un reportaje fotográfico realizado en las cataratas por una dama de la alta sociedad porteña que había visitado la región en una excursión turística. Existen también registros fílmicos previos a los de Burton Holmes como el de Eduardo Martínez de la Pera y Ernesto Gunche, que hacia 1910 organizaron una ambiciosa expedición de 5 meses a Iguazú, Guairá y la frontera de Paraguay y Brasil y filmaron un corto titulado Las Cataratas del Iguazú, que se estrenó en 1911. 9 Su método de trabajo consistía en recopilar material fotográfico -propio o adquirido en sus diversos destinos- que luego utilizaba para realizar transparencias coloreadas a mano que intercalaba con breves films en sus famosas travel lectures. 10 Muchas tribus indígenas tenían temor a ser fotografiadas. Lucas Bridge cuenta, por ejemplo, que los Onas creían que la cámara podía despojarlos de su Mehn, una suerte de espíritu benigno que vivía en cada ser viviente hasta el momento de su muerte. Su principal objeción respecto a la fotografía provenía del temor de que este espíritu fuera transferido al papel y lo perdieran para siempre. Véase (Bridges, 1948: 406-407). Los indios selk'nam apodaron al explorador, sacerdote y fotógrafo, Martín Gusinde (1886-1969) que entre 1918 y 1924 convivió con varias tribus indígenas de la Patagonia “cazador de sombras”, a causa de esa extraña habilidad para capturar espectros, para transformar con sus cámara, el presente en pasado, la vida en muerte. Los indios mohave también bautizaron de esta manera al gran fotógrafo norteamericano Edward S. Curtis. 11 Francisco Bocco de Petris, hermano coadjuntor de la congregación, documentó, por ejemplo, la vida de indígenas y religiosos en la Misión de San Rafael, ubicada en la Isla Dawson, Chile. El sacerdote José María Beauvoir, por su parte, realizó magnificas fotografías de los indígenas fueguinos, que luego ilustraron sus libros sobre la vida y la lengua de los indios onas. 12 Entre los títulos se destacaban Popoli e civiltà indiane, La Cina tormentata, In Giappone, Kathanga, Salesiani in Congo, Nella terra che vide Gesù, Sprazzi equatoriali, Il Ciaco paraguaio y Don Bosco nel Plata, entre otros.El repertorio se completaba con actualidades italianas y europeas. Véase (Bianco, 1995) 13 Véase (Sopeña, 2004: 58) 14 Véase por ejemplo (Stambuk, 1986) 15 Esta escena fue también reproducida fotográficamente y publicada en el libro de De Agostini Treinta años en Tierra del Fuego, con el epígrafe “la toilette de una india yámana”. En este caso el sacerdote identifica correctamente la identidad de las indígenas pero no su atuendo. 16 Para un análisis exhaustivo de este recurso véase (Alvarado Pérez/ Mason, 2005) 17 No hemos podido establecer cúal fue el apoyo preciso brindado por el Ministerio de Obras Públicas a la compañía Glücksmann pero dado el evidente carácter propagandístico del film es muy poco probable que se tratara de una iniciativa privada de este productor. 18 Véase (Litvachkes, 2006: 25). 19 Este es el título original que aparece impreso en el film, sin embargo, tanto en Alemania como en Buenos Aires la película fue estrenada con títulos diversos. El póster de su estreno en noviembre de 1929 en Alemania la publicitaba con el título de Silverkondor uber Feuerland (El Cóndor de Plata sobre Tierra del Fuego), que es el título del libro que Plüschow publicó sobre ese viaje. De la misma manera, en Argentina se publicitó su estreno en septiembre de 1930 con el título de Sobre la Tierra del Fuego, que es nombre que se le dio aquí a la traducción en español de dicho libro. 20 Véase por ejemplo (Griffiths, 2002) o (Tobing Rony, 1996) 21 Plüschow relata: “Al fin emerge bajo las primeras luces de la aurora, como otra visión fantástica, otro segundo y pequeño Nueva York, pero muchísimo mayor y más imponente que su hermano Montevideo: ¡Buenos Aires!. (…) Aquí, en esta gran ciudad, se concentran la riqueza y la fuerza de este poderoso país con su gigantesco porvenir; también aquí el desarrollo adquirido desde la guerra y después de la guerra alcanza los límites de lo increíble” Véase (Plüschow, 2008:126). 22 Véase (Masotta, 2007a). 23 Paradójicamente Plüschow muere durante un segundo viaje exploratorio a la Patagonia, cuando el 28 de enero de 1931 su avión cae sobre el Lago Rico, en la provincia de Santa Cruz, a raíz de una feroz tormenta que daña gravemente la máquina. 24 Entre los títulos más importantes podemos mencionar La traversée du Sahara (1923), Le continent mystérieux (1924), La croisière noir (1926), La croisière jaune (1932) financiados por la Citroen y Les mystères du continent noir (1926) y La première traversée rapide du desert (1931), financiados por la Renault. 25 Véase (Bloom, 2006). |